
domingo, 26 de abril de 2026· Por Omar
El loro entre el mango y el mamoncillo
Hay días en que la Fundación Loros parece querer mostrarlo todo de una sola vez. En un recorrido reciente por el santuario, el bosque desplegó una abundancia que costaba creer: más de veinticinco especies en flor o en fruto, desde la vinca rosa que asomaba entre las piedras del suelo hasta el Albizia cargado de flores blancas como pompones contra el cielo azul. La celosía morada florecía junto a la pared metálica, la verdolaga extendía sus hojas carnosas sobre la tierra seca, y el café silvestre —ese visitante inesperado— abría sus flores estrelladas con ese olor que recuerda al jazmín. Sobre los troncos en descomposición crecían hongos blancos y lobulados, señal silenciosa de que el bosque sabe también cómo renovarse por dentro.
Y entonces, en medio de toda esa abundancia vegetal, apareció él: un loro de plumaje verde brillante con una mancha rojiza alrededor del ojo, posado en el dosel, picoteando frutos con la calma de quien sabe exactamente a dónde pertenece. Los insectos polinizadores andaban lo suyo sobre las flores de Ixora y las trepadoras de pétalos fucsia. Era, como dice quien lo vivió, lo que pasa cuando llueve y cuando hay verano: la Fundación Loros floreciendo sin permiso, sin aviso, con toda su generosidad de monte.



















































