
Chochi: los loros no son regalos ni mascotas
Por Laura Alejandra Cuevas González · Colombia, Bogotá · Periquito de alas amarilla (Brotogeris jugularis)
Chochi fue mi primera mascota. Llegó a mis 6 años y duró conmigo 8 años. Cuando llegó a mi casa, por obsequio de mi tío a mi mamá, era agresivo: no podía volar, sus alas estaban cortadas, al igual que los deditos de sus patitas; no tenía agarre. Mi tío se lo regaló a mi mami porque argumentó que su suegra lo maltrataba y no le gustaba su canto. Él inicialmente se lo había regalado, pero al ver el maltrato se lo quitó. Chochi se alimentaba solo de agua de panela con pan todos los días. Yo era muy pequeña, pero estaba propuesta a ganarme su amor. Ella era desconfiada, temerosa, mordía bastante fuerte, pero de alguna forma se sentía segura con mi papá. Mi papá no es muy fan de los animales, así que no le prestaba mucha atención; mi mamá, bajo el desconocimiento, lo alimentaba muy mal. Le compramos una jaula grande, pero nunca fue suficiente.
Pasado el tiempo, unos tres años después ella empezó a confiar en mí y nos encariñamos mucho los dos. Yo ya tenía 9 años; mamá tuvo a mi primer hermano y, por alguna extraña razón, nos tomó mucho fastidio a mí y a Chochi. Ella fue mi apoyo emocional de niña, así que yo lo empecé a cuidar. Reitero: algo que me rompe el corazón es no haberlo alimentado de forma saludable con fruta y semillitas; bueno, pero hice lo mejor que pude con lo poco que tenía. Así pasó el tiempo: le enseñé a cantar melodías que inventaba, se aprendió a reír. En la carencia tanto económica como emocional, nos teníamos los dos y eso bastaba.
El no saber cuidar de un ave te hace cometer imprudencias, como ir a viajar con él en flota. Una vez casi muere asfixiado en un túnel; en la finca casi lo mata un gato. Es más, al sentir la libertad, aun con sus alitas cortadas, escapó; aunque lo encontramos. Siento que un ave en cautividad sufre mucho y más cuando está en soledad. Chochi a veces tenía episodios de estrés cuando estaba en el colegio y se arrancaba las plumas, pero todo pasaba cuando me veía.
Le gustaba dormir mucho conmigo; tenía su casita porque dormía fuera de la jaula. Pero eso no era bueno porque ella me buscaba y yo dormía profundamente. Una noche olvidé apagar el televisor y me dormí; seguro durante la noche ella se pasó a dormir conmigo, pero sin darme cuenta se envolvió en mis cobijas y, lamentablemente, murió por falta de aire. Yo me desperté y le di respiración boca a boca, pero no reaccionó: ya era demasiado tarde. La acosté en su casita y quedó como un ángel dormido. Le dije a mi mamá que había amanecido así; ella creyó que, en efecto, había muerto por un paro. Yo lloré por un mes entero; me sentía devastada: le había hecho daño al ser que más había amado en el mundo, eso era algo imperdonable.
Luego de mucho tiempo entendí que era una niña y que no había sido mi culpa, que fuimos presas de las situaciones de la vida que muchas veces son tristes e inevitables.
Sólo sé que él me hizo ser mejor persona en ese y sentó las bases de lo que soy ahora, amante de los animales, en especial las aves. Siempre que encuentro un ave en problemas la ayudo; enseñó a comer y a volar, pero siempre para que sea libre. Chochi me enseñó que las aves pertenecen al cielo y que no podemos ser ladrones de su libertad. Gracias por el espacio.
Análisis y reflexiones desde Fundación Loros
La historia de Chochi nos deja enseñanzas muy valiosas:
Inocencia y responsabilidad
Una niña de seis años, por muy cariñosa que sea, no dispone de la experiencia ni los recursos necesarios para cuidar un ave que puede vivir décadas. Su intención de ganarse el afecto de Chochi se encontró con la realidad de un animal con heridas y necesidades especiales: requería alimentación adecuada, espacio suficiente y supervisión constante.
Sufrimiento silencioso
En su jaula, Chochi vivió momentos de soledad y estrés, manifestados en comportamientos como morder los barrotes o arrancarse plumas. Su dieta —agua de panela con pan— carecía de los nutrientes básicos que un loro necesita para mantenerse sano.
Riesgo en la cercanía involuntaria
Lo más desgarrador fue el desenlace: en un acto de búsqueda de consuelo, Chochi se acomodó entre las mantas mientras la niña dormía profundamente y quedó atrapado, sin poder respirar. Este accidente no fue aislado, sino el desenlace de un vínculo que, aunque lleno de buenas intenciones, no contó con la preparación necesaria para proteger la vida del ave.
El regalo inadecuado
Regalar un loro a un niño significa delegar en él una responsabilidad muy grande. La ilusión inicial puede convertirse en frustración, lo que a menudo deriva en un cuidado insuficiente y en el deterioro del bienestar del ave.
Los loros no son mascotas.
Más allá de la emoción de la historia, aprendemos que un loro en cautiverio sufre tanto física como emocionalmente. Su verdadero hogar es el cielo: necesita espacio para volar, cantar y vivir en un entorno natural que le ofrezca alimento, compañía de su propia especie y libertad.
Los loros no son objetos de regalo ni juguetes de cumpleaños. Si deseamos fomentar en los niños el amor por la naturaleza y el respeto a los animales, existen alternativas igualmente enriquecedoras: kits educativos, visitas a santuarios, programas de avistamiento… De este modo, enseñamos a valorar la vida silvestre sin comprometer la libertad y el bienestar de seres tan extraordinarios como Chochi.
